por Christian Castañeda Hernández
Cuando se habla de lo erótico, lo sexual y lo prohibido en el universo de la literatura, el enfoque suele dirigirse principalmente a esos temas que, por diversos motivos, han sido muy poco explorados por los escritores guatemaltecos al ser un sinónimo inmediato de tabú. Ya sea por la mentalidad retrógrada que aún persiste en la actualidad, por lo fácil que es cruzar erróneamente la delgada línea entre lo artístico y lo pedestre, o simplemente por el temor a la censura —males que se han enquistado por años en nuestro país—, el escribir acerca de la intimidad cumple más que nada con la función de hacer público un acto privado, con la intención de abundar en su importancia y sus misterios. Existen, no obstante, contadas pero valiosísimas excepciones dentro de la narrativa nacional que no vacilan al momento de revelar esas vivencias de personajes sin nombre que terminan escondiendo en el interior de las ventanas del alma toda clase de historias desenfrenadas sobre promiscuidad, drogadicción, prostitución y los placeres más ocultos de la carne.

La novela A puerta cerrada de Luis Alejos nos presenta a un ciudadano común y corriente, como usted y como yo, que posee sus propias fortalezas y debilidades; sus momentos de triunfo y desencanto; sus alegrías y sinsabores. Este, por decisión propia y sin otra motivación más que la de satisfacer su curiosidad animal, se adentra paso a paso hasta perderse en esos peligrosos submundos de nuestra sociedad donde el pudor no es más que un recuerdo distante y palabras como la monogamia, la fidelidad y la abstinencia sexual se han tomado unas vacaciones permanentes.
Lejos de caer en disertaciones santurronas que desemboquen en la redención del protagonista, la historia fluye con naturalidad dentro de una constante ruleta rusa, invocando en su debido momento a la tercera ley de Newton, la cual dicta que toda acción tiene una reacción. Para el contexto de este libro, ello significa que, no importando cuán cuidadoso y precavido se pueda ser, a toda decisión ejecutada le sobrevendrá su respectiva consecuencia. Al fin y al cabo, es difícil no llegar a quemarse hasta los huesos en cualquier instante cuando se juega con fuego y los fósforos que sostienes en tu mano han sido rociados con gasolina.
Y es precisamente ahí, en medio de esos nervios que ascienden envueltos en una oleada de incertidumbre desde el estómago hasta los cabellos, de esos instantes previos al saber que su vida corre el riesgo de dar un estrepitoso giro y que probablemente nada volverá jamás a ser igual, cuando el protagonista discurre en divagaciones como la siguiente:
«Ya sabemos cómo pueden catalogarse las salas de espera. Resulta obvio: ¿a quién, más que a los médicos y enfermeros (y eso está abierto a discusión) le gustan los hospitales o las clínicas? Aun así, recordás ese miércoles o viernes: la humanidad persiste afuera, tu destino está en suspenso. Los segundos previos a cuando un anfitrión televisivo nombra a la nueva o nuevo ídolo discográfico. Un redoblante, el pulso acelerado y todos tratando de mantener la compostura antes de estallar en lágrimas de alegría o sutil desconsuelo (es tiempo de perder que la derrota no te duela, LFC) ante un público masivo, y vos… solitario. «Los resultados pueden variar», pensás. El margen de error quizás te beneficie. Tal vez alguien, sin darse cuenta, vote por tu salud».

Cuando alguien, en su inocencia, narra historias donde se involucran a detalle las múltiples artes del fuego carnal que cualquier sacerdote llamaría pecado, y cae en la trampa de recurrir a lo básico, a lo vulgar y lo prosaico para retratarlo, no se está haciendo un bien ni a sí mismo ni a sus lectores. Peor aún si cree fervientemente que el erotismo y la pornografía son indistintos. Nada más lejos de la realidad. Por el contrario, Alejos demuestra a lo largo de esta historia su destreza para deleitarnos con una prosa pulida con esmero que es capaz de inyectarle una dosis de belleza y sublimidad incluso a algo tan denigrante y traumático como lo es, por ejemplo, una violación a punta de pistola. Cada acto de lujuria y cada escena en la que se desatan los instintos carnales para ser llevados al límite rebosan de elementos poéticos que delinean de forma orgánica imágenes imborrables en la mente del lector atento. Lo anterior se halla intercalado ingeniosamente con intertextualidades tanto de temas musicales como de largometrajes, así como guiños a una famosa cadena de restaurantes de comida rápida.
Sexo y erotismo son un binomio presente tanto en la propia condición humana como en la historia de las letras. Estudios en diversas épocas y regiones permiten entender su importancia y las distintas formas de manifestar esos aspectos básicos de la vida, que se desprenden de la intimidad. A puerta cerrada, de Luis Fernando Alejos, representa un incuestionable motivo para retornar a dichas inquietudes, conocer sus intereses literarios y valorar sus aportaciones a la narrativa guatemalteca.
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