por Christian Castañeda Hernández
El oficio de la ensoñación poética es una ocupación interna de autodescubrimiento en el proceso de conocerse a sí mismo mediante el arte de la catarsis; en dicho arte, esta se convierte en el instrumento del lenguaje que busca la liberación de la creatividad, desenvolviendo el viaje imaginario donde se expresa la emoción por medio de la palabra.
En la obra Diente de león en el viento de Eduardo Masaya, cuyos textos fueron escritos durante un período de trece años, se desarrolla una escritura íntima. En su registro personal habita una diversidad de apreciaciones estéticas que surgen a partir de las sesiones en las que el autor, por medio de sus ensoñaciones, en la vivencia de la palabra, se halla en un sitio imaginario de elevación, ampliando su percepción del mundo mediante el cuestionamiento constante, buscando respuestas que incidan en su praxis vital. En el texto “Luto”, Masaya nos transmite tristeza y depresión ante la realidad que lo envuelve, otorgándole a estas emociones el rostro de un verdugo que amenaza con destruir su espíritu lenta y sistemáticamente:
Estoy
de brazos abierto recostado,
viendo hacia el cielo.
De pronto
el más cruel de los verdugos
abate contra mi pecho
su pesado mazo de hierro.
Otros días me apuñala.
Yo siempre supe que haber sido siempre tan dichoso
era el delirante augurio de un grave sufrimiento.

Pero el autor, lejos de ahogarse en un mundo que a veces lo envuelve en un hálito de desesperanza y condena su existencia, lucha por erguirse con fortaleza y decide transformar su realidad combinando cada uno de los elementos que componen su esencia sensible de poeta:
Si yo entre las manos tengo la fuerza suficiente para retorcer el presente y exprimir de él los restos de realidad que quedan. Si yo a voluntad poseo mis lentes de cielo para interpretar todo cuanto me pasa por enfrente.
¡Ah, poeta!
de largos períodos sin versos:
casa sin fuego,
amor sin tiempo
desdicha prolongada de imágenes sin ningún sentido,
cielo sin dos soles.
La lectura poética de la presente obra se convierte entonces en un acto ensoñador de la palabra, que medita sobre la imagen, reanima la capacidad de asombro, la voluntad contemplativa, la inmersión en el texto, y el gozo de la lectura plasmada en la memoria.
La forma, el ritmo, el acento, la melodía son profundamente personales. La sinceridad, espontaneidad y naturalidad del poeta no solo se reflejan en la verdad de su lirismo en íntima ecuación con su vida, con su temperamento, con su carácter, sino también en aquel ritmo vivo y rápido de su frase lírica concentrada; en la frescura de sus sensaciones; en la ternura de sus afectos y sentimientos; en lo viviente de su acento inconfundible; en la fiel correspondencia de sus creaciones con el estilo de su alma, con la mezcla de gloria y sinsabores que integran su vida.
En sus versos manan sonrisas y ternuras, lágrimas y esperanza, como podemos encontrar en el siguiente extracto del poema número 51:
Que si tu boca será manantial
oasis
flor que da néctar
caña de azúcar
o comienzo de botella. Y que si en la mirada tienes planetas o estrellas
y que si tu sangre viene de la tierra,
del río o del fuego.
Hasta me imagino tus pies en la maleza.
Tú eres mi tema favorito,
mi teoría y mi ciencia,
la imagen que anhelo al caer dormido,
la mujer en la que pienso
cuando tengo frío.
Da tristeza pensar que un alto porcentaje del arte de este siglo se caracteriza esencialmente por su deshumanización. No es ya el ser humano total, naturaleza y espíritu, que se expresa en el arte. Se odia toda tonalidad sentimental como una miseria humana. Se aporta solo al arte una sensualidad exquisita y rara, pura de emoción. El espíritu se vuelve exclusivamente sensual. Al buscar el arte puro, la esencia pura de la belleza, se halla solo un fantasma de belleza contenido en otro fantasma de forma. Y todo se vuelve tan irreal, tan leve, tan fugaz, tan ausente, como una burbuja que en un instante se irisa a la luz y se disuelve luego en la corriente. El arte moderno es una máscara, una paradoja. Ha querido espiritualizarse, volverse puro, no por amor del espíritu, sino por odio del espíritu. El reino del espíritu es todo lo humano, aquella fusión de impulsos y pasiones, de afectos y sentimientos, de sensaciones e ideas, de fantasías e intuiciones, que nacen y viven en las sombras y en la luz del alma. Al menospreciar lo espiritual se ha menospreciado el lirismo como una debilidad y el arte se ha secado, se ha vuelto duro. La misma angustia ante la muerte, ante la nada, del alma moderna, es una angustia dura.

Afortunadamente, es en el sentido de lo humano donde encontramos el secreto de la vitalidad de la poesía de Eduardo Masaya, quien destruye la deshumanización y nos recuerda que sí tenemos alma, a pesar de todo. Sus textos son flor de vida, flor de cultura y brotan en la subconciencia con el ímpetu de fuerza metafísica. Sus versos se iluminan al resplandor de luces misteriosas, se bañan de gracia y se visten de hermosura en aquellos momentos de inspiración que tiene la sublimidad de los momentos místicos, de unión del alma profunda con el espíritu del mundo.
Queda claro entonces que Diente de león en el viento, la obra primigenia de Eduardo Masaya, explora las profundidades de la capacidad sensitiva del ser humano y el autor lo manifiesta en la inteligencia del lenguaje, en la voluntad del acto poético, y la inclinación estética como modo de interpretar el dinamismo psíquico en una ontología poética de la existencia, un modo de habitar en el mundo. Masaya demuestra el fuerte compromiso existencial que puede transmitir la poesía en la educación de una cultura ciudadana que busca la paz, y así convertir la palabra en la nueva arma, para otorgar la capacidad crítica y estética sobre los acontecimientos de la vida de los protagonistas de este siglo sangriento.
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Instagram del autor: @eduardo.masaya
