por Christian Castañeda Hernández
Las arañas, desde el punto de vista artístico, han sido mayoritariamente tratadas en relación con las creencias y su significación tanto simbólica como mitológica en diferentes pueblos y civilizaciones. A estos singulares artrópodos se les han añadido, con el paso del tiempo, otros poderosos vínculos relacionados al origen del cosmos, de la vida y de las cosas en general. En la mitología griega la araña representa el destino, en la Biblia se le asocia con la pobreza y la desgracia, y en obras como El nombre de la rosa de Umberto Eco, esta se convierte en un símbolo de sabiduría y filosofía. Alfredo Bryce Echenique, en su novela Los grandes hombres son así. Y también asá, utiliza la aracnofobia como telón de fondo para contarnos unos amores, nacidos entre adolescentes, que no se apagaron con los años.

En el caso del poemario que nos ocupa el día de hoy, Soñé con arañas y futuros poco probables, Rodrigo Ruiz ahonda precisamente en la temática del amor, desapegándose de cualquier componente que pueda convertirlo en un cliché, y recurriendo a la capacidad del ser humano para rememorar no solo sus sueños o alucinaciones, sino también lo que observa; tras ello, imita la naturaleza circundante para tratar de retenerla en sus manifestaciones. A diferencia de los versos encontrados en su anterior obra Nudo incontenible, igualmente publicada en esta casa editorial, aquí abunda la brevedad junto al desmedido deseo de sintetizar cada emoción y cada anhelo que pulula en las profundidades del corazón. También se perciben la pena y la fragilidad que azotan las fibras más sensibles del autor, haciéndome recordar un poema de César Vallejo titulado precisamente ‘La araña’, ya que Ruiz atraviesa igualmente por situaciones en las que se mantiene inmóvil, sin ser capaz de avanzar para transformar su realidad, causando que el lector sienta compasión por el alud de emociones que lo han llevado a inmortalizarlas con el fuego de la palabra escrita.
En el texto ‘Reminiscencia II Anhelo’ que se puede leer en la página 25, Ruiz alude a uno de los cuentos más conocidos de Borges. El protagonista idealiza una travesía onírica hacia regiones remotas donde solo él y su amada conviven en una inquebrantable simbiosis, la cual se presenta al lector de la siguiente forma: si cierro los ojos / escucho tu voz / si grito tu nombre / el eco te dibuja / (hacia nuestro aleph) / estar frente a tu figura / me hace olvidar la gravedad / y floto a tu lado / te siento como cauce de luz.
El agua también juega un papel importante en la peregrinación poética de Ruiz. En ocasiones, esta se revela ante nuestros ojos por medio de aguas mansas que fluyen como simples cauces, ríos que transmutan a constelaciones, lluvia de estrellas e incluso pétalos de orquídeas que han quedado congelados en el aire. Pero el autor también utiliza dicho elemento, que es sinónimo de vida y esperanza, para expresarlo como un tenue diluvio que, gota a gota, va cayendo de forma pertinaz hasta volverse un enorme cuerpo salado que empapa gradualmente al lector con recuerdos de una pasión y de un sentimiento que en realidad no existían, como descubrimos en Los vestigios de mi rostro de la página 36: no eran como la lluvia / se parecían más al mar / me veían / yo estaba difuso / a través del espejo de la niebla / mi sombra pálida en la pared / era tan solo el recuerdo / de un cariño incierto / después del mar no queda nada de mí.

Con esa misma peculiar actitud taciturna con la que los arácnidos se desplazan silenciosamente por nuestros hogares sin que lo advirtamos, estos se introducen en la voz de Ruiz, simbolizando el instinto de supervivencia de la víctima y el goce que le produce a estos seres de pequeño esqueleto invertebrado cuando observan la muerte lenta de su presa. Basta con leer el poema ‘Fantasmas’ de la página 46, uno de los escritos más desgarradores que este libro tiene para ofrecer, en donde se confirma lo anterior: mi naturaleza inexacta me abraza / envuelta en veneno derrama lágrimas vacías / siento amor al urdir hilos / pero me desgarra el mínimo andrajo / arañas tejiendo una red de deseo mental / han bajado a explicar que soy inmune al cariño / solo he de conocer dolor / al sentirme ajeno me percibo infinito en la eternidad / las estrellas me hacen preguntas / me veo agotado ante mi ignorancia.
Precisamente es de esta y muchas otras maneras como, a lo largo de 84 páginas, Rodrigo Ruiz nos deslumbra con sus arañas literarias que poseen un encanto propio, nos enreda en los finísimos versos de seda que estas tejen, y nos cautiva sin descanso. Aunque él tenga pleno conocimiento de que ha logrado adentrarnos en la nostalgia, la pesadumbre o la desolación hasta casi desmayar de melancolía, no nos suelta. Soñé con arañas y futuros poco probables se yergue de principio a fin con dignidad y se integra orgullosamente no solo al catálogo de Serie Periferia, sino también a ese bastión poético del siglo en curso, que se fortalece cada día más con sangre nueva que nutre y preserva el legado de la literatura guatemalteca para las futuras generaciones de lectores.
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Instagram del autor: @rodrigoakaruiz
