Oleajes en el medio de un manantial poético
por Joshua Emmanuel Morales
Pienso en la poesía e imagino una constelación de almas, un ordenamiento secreto, una arquitectura insondable, una infinita amalgama de umbrales hacia todas partes y hacia ninguna, un secreto Aleph. Pienso en la poesía, entonces, como una cosmopoética, una manera de ser, o mejor, una forma de devenir creadora, un espacio, una antología de encuentros; e incluso, paradójicamente, pienso en la poesía y en el fruto de sus palabras como ardientes principios creativos de destrucción, de revuelta, de reinvención, de rebeldía, de quiebre, de mundo nuevo. Quiero decir que la poesía es, entre tanto, una ética, un modo de vivir, o acaso, si se me permite, la razón por la cual se vive.

Estamos aquí como desde hace milenios porque la poesía tiene esta sagrada caprichosa manera de convocarnos en torno a la antiquísima luz que nos ilumina, que nos seduce. Estamos aquí porque honramos a Luis Pedro Villagrán Ruiz, uno de los grandes poetas de su generación, uno de las Grandes Lenguas de Guatemala, uno de los imprescindibles manantiales poéticos que leeremos en el curso de nuestras existencias.
Leyendo, releyendo a Luis Pedro, pienso en Isabel de los Ángeles Ruano quien escribe:
si estos versos nacieron no son ellos culpables, / nada / tienen que ver con esta que anda, / con esta que discute y se enardece. / Si no sé ni por qué me han endosado / la palabra; no la pedí yo, / ya me la dieron / al nacer, / y eso basta
Y así, leyendo y releyendo a Luis Pedro alcancé esos versos suyos que dicen:
intento explicar con cada lágrima / el prisma mediante el cual percibo el Universo / el caleidoscopio interno / se asoma en el iris / recorro campos circundantes / hago verbo la libertad / el cuerpo es un campo de juego / las manos voraces confirman / que aquí / aún hay vida y savia
Y luego, más aún, generoso como es, de Luis Pedro brota otro poema en donde exclama:
quise coger demasiado con mis manos pequeñas / quise coger demasiado / con mis manos chiquitas, chiquitas / he aquí mis manos pequeñas / que escriben
Y así comprendo, quizás, que aquel poema de Isabel de los Ángeles constituye tal vez una ruta para reconocernos en el manantial indómito de Luis Pedro porque es poeta de nacimiento y nació con la palabra poética y sus ojos cantan el universo, y su boca mira y traduce eso indecible, eso intuido, ese fulgor arcano que pese a la aridez de lo cotidiano, que pese a la aspereza de los monstruos, que pese al absurdo teatro del reino de la hipocresía, incluso en su pequeñez y con sus manos chiquitas, chiquititas, ha sabido asir, entender y acariciar, con icárica maestría, con coraje escritural y con ardiente belleza literaria, los símbolos reservados a los ángeles de la palabra. La poesía de Luis Pedro Villagrán sostiene al sol entre sus páginas. Centro gravitacional, mito inclasificable, fulgor que quema, lámpara en la noche oscura.
Quizá porque su oleaje es el de la transparencia y el espejo, la poesía del manantial de Luis Pedro se hace indómita en su íntima arqueología hacia sí mismo. La revolución de su poesía consiste, sencillamente, en permitirnos redescubrir eso tan antiguo según lo cual todas las almas convergen, en definitiva, en una sola: porque todos somos en Luis Pedro Villagrán Ruiz el hálito de una vida común. Este gesto de radical desnudez, de absoluto sacrificio, de kamikaze lírico, de heroísmo abisal, de quitadura de máscaras… eso, precisamente eso, es la mística de las estructuras literarias entre las páginas de un poeta que lleva consigo, con extrema sensibilidad, en una sola piel, en un solo órgano poético, la filia, el ágape y el furioso eros mismo del mundo.
Leo y releo a Luis Pedro, quien escribe grácilmente:
busco la vida erradamente / sabiéndome pilar y ángulo / desbaratando las formas en ciclo infinito / para revivir cada dolor con el asombro de un niño
Y con ello, pienso en la poeta Mary Oliver, quien nos decía:
¿Cómo podemos vivir una vida? / Prestar atención. / Asombrarse. / Contarlo.
Pienso y repienso en Luis Pedro como un poeta del asombro, como quien exiliará siempre la indiferencia y que como amable ánfora sabrá recoger lo mundano y lo divino, lo profano y lo sagrado, el gozo y la tristeza, la rabia y la gentileza. Porque bien nos enseña la obra de este poeta que a nadie pertenecemos salvo al punto de oro de esa lámpara de letras y de sílabas y de cantos, a veces desconocida e inaccesible para nosotros, pero que sabe mantener la vigilia del valor y el elegante silencio de la página atenta a los días y a las noches.

Luis Pedro es el poeta conservador de los inestimables rostros de lo viviente. Es, con sus palabras, la felicidad azulada de insubordinación admirable que se abalanza desde el placer, pulverizando el presente y todas sus instancias, por el anhelo de la eternidad. Es la insaciable sed, sed de belleza. Y es quien nos recuerda, como dijera el enormísimo poeta René Char, que lo que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni miramientos ni paciencia.
Ojalá esta poesía que nos reúne entre al sueño de lo perdurable como un santo muerto en el ojo de Dios.
Si bien todo está condenado al olvido, y somos apenas cadáveres danzantes que leen para aprender a morir y aprender a ser felices y valientes, e incluso desaparecerá el eco inasible de los libros, pienso una vez más en Luis Pedro y su vocación y su cruz y su esperanza en la poesía, cuya naturaleza, quizás, sea la de los dioses, o sean talvez tan humana, tan irremediablemente humana, que encontrará otras praderas para hacerse agua y manantial y refugio en tiempos que todavía no sabemos ni siquiera anticipar. Por ello, amigo mío, larga vida y que la poesía siga siendo andén de tu porvenir.
Nueva Guatemala de la Asunción, 29 de noviembre de 2025

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